De Alabama hasta Minnesota fueron incontables horas de autobús
(Birmingham-Memphis; Menphis-Chicago; Chicago-Minneapolis). No quiero ni
pensarlo. Pero bueno, los autobuses (de Megabus) tienen wifi y enchufes así que es casi
igual que perder el tiempo en otros lugares. No son especialmente cómodos, pero
tampoco lo contrario. Algo que resulta un poco curioso (al menos al principio)
es que las paradas para descansar y estirar las patas se suelen hacer en
McDonnalds o similares (nada de estaciones de servicio con precios excesivos,
expositores de casettes y recuerdos de Cuenca o Albacete).
En Memphis a las 6 de la mañana y desesperada porque necesitaba un baño y no había nada abierto una
señora me preguntó si se necesitaba avión para venir desde España…sin duda no
tenía ni idea de donde está nuestra gloriosa madre patria.
Creo que durante la mayor parte del camino fui la única blanca del autobús.
Los paisajes y lugares que recorrimos no eran especialmente reseñables, grandes rectas en grandes llanuras. Quizá lo más llamativo fue cruzar el río Missisipi que a la altura de Memphis era enorme.
Una parte del recorrido (desde St. Louis hasta Chicago) coincide con la mítica ruta 66 (creo que perdió su nombre y consideración en 1985 y ahora tiene un nombre diferente en los distintos tramos)
Hubo un momento de crisis (absoluta) en Chicago. En la ciudad disponía algo de tiempo y me fui a turistear.
Aburrida también estuve viendo series y series en el ordenador. Con tantos
billetes de avión, autobús y demás me despisté y perdí el autobús a
Minneapolis. Por un minuto o así, de hecho salí corriendo y pasé delante de
él en un semáforo que está como a 10metros de la parada pero no quisieron abrirme (pese a que puse mi mejor cara de pena y junté mis manos a modo de súplica). La situación era un tanto
alarmante porque Chicago no es la ciudad más segura del universo, porque era un
autobús nocturno y no tenía lugar para pasar la noche, y porque perdería el
autobús de Minneapolis a Bemidji y no había otro (uhh viva el transporte público gringuito). Lo bueno es que estaba tan
cansada que no me dio tiempo a alterarme. Hablé con uno de los tipos de la
empresa de autobuses y para mi sorpresa me dijo que si encontraba un asiento
libre en el siguiente bus (por suerte había otro esa noche) podría subirme sin
pagar nada. Había otra chica en mi misma situación y como ella había preguntado
primero era tenía preferencia (necesitaba dos huecos :S entonces). También me dijo que
como era domingo por la noche era posible que estuviera todo ocupado (me dio un valiosísimo consejo...si vas a perder un autobús intenta que no sea en domingo...¬¬). Tuve que
esperar algo así como una hora y media estando de los nervios y se me hizo larguísimo.
Finalmente me dejaron subir a ese bendito autobús. Era un viaje de 8 horas,
me tocó un sitio de mierda y no pude
dormir nada pero estaba mucho más tranquila.
Llegué a Minneapolis y como pude busqué el autobús que me debería llevar al
punto de encuentro, la universidad de nosequé en Sant Paul (la ciudad gemela
pegada a Minneapolis). La verdad es que ubicarse, saber donde subir, donde
bajar en un autobús de una ciudad extraña es mucho más difícil que en
metro…pero finalmente lo encontré.
Llegué, además, supertemprano al lugar de encuentro. Por suerte me invitaron a un café y a un bollo y viajé con una monitora mexicana con la que hablé en español. Fui hasta Bemidji (5
horas al norte de Minneapolis, es decir en mitad de la nada) en un autobús con
aldeanos (chavales, el autobús para monitores –consejeros en vocabulario
gringo- había salido el día anterior, pero yo no quería cogerlo porque habría
implicado pasar el día de mi cumpleaños) del campamento de francés.
Y así llegué a la remota, pequeña y rústica Bemidji
Y así llegué a la remota, pequeña y rústica Bemidji
1450 millas desde Birmingham hasta Bemidji
Bemidji y sus símbolos, el leñador Paul Bunyan y Babe el búfalo azul (en una postal de antaño maricastaño)
Conclusiones: si vas con tiempo y no aprecias mucho tu salud ni tu cordura no está tan mal hacer viajes largos en autobús. Otro punto importante es que resulta un poco extraño ser la única persona blanquita o de determinado nivel socioeconómico entre los 50 o 60 que abarrotan un atobús. Es una sensación de cierta rareza y de no encajar totalmente. En el campamento, semanas más tarde hablé con Aurelie, la única africana (de Burkina Faso) del campamento y también me comentó que en ocasiones le causa incomodidad ser la única negra en un determinado lugar. Para finalizar señalaré que es fundamental no perder autobuses en ciudades extrañas y sin disponer alternativas :P
Nota: ¡no hice ni una sola foto del recorrido! ¡no tengo remedio!













